Todos tenemos dentro una fuerza
que nos lleva a Dios. Pero esa
fuerza, misteriosa y poderosa,
toca nuestras almas en los
lugares donde más provecho se
puede obtener para beneficio de
nuestra propia salvación,
creando el camino que nos abre a
la gracia y a la luz.
¿Existe entonces un sólo camino
para llegar a Jesús?. Si, y no.
Si, porque el camino del amor es
el único sendero que nos lleva
al Reino. Angosto y empinado,
ondulante y lleno de
dificultades, pero luminoso y
claro para quienes buscan hacer
la Voluntad del Creador. Y
también no, porque cada uno de
nosotros tiene una esencia que
le indica distintos modos de
manifestar su espiritualidad.
De este modo vemos claramente
que existen distintos tipos de
espiritualidad, distintos modos
de manifestar nuestro deseo de
hacer la Voluntad de Dios.
¿Dónde podemos ver claramente
manifestadas estas distintas
espiritualidades, en su plena
diversidad?. ¡En la vida de los
santos!.
La espiritualidad de los que se
aproximaron a la perfección que
Dios nos pide, nuestros amados
santos, se muestra variada e
iridiscente. Como una joya que
brilla en sus diversas
tonalidades, pero siempre
hermoso a los ojos de Dios.
Rubíes, diamantes, amatistas,
esmeraldas, zafiros.
Todas estas distintas formas de
manifestar la gloria de Dios nos
muestran los caminos que se nos
ofrecen como ejemplo a imitar.
¿Quién puede decir que el Padre
Pío (¡San Pío!), o que Santa
Rita, o Santa Teresita, o San
Francisco, o el Santo Cura de
Ars, o San Pablo son idénticos?.
No lo son, y sin embargo todos
ellos son hermosos y fascinantes
a los ojos de los que los
admiran en su santidad.
Algunos impetuosos y llenos de
fuerza evangelizadora, otros
humildes y pequeños en su
entrega a Dios, unos buenos y
caritativos hasta el infinito,
otros abnegados y entregados en
su sufrimiento a los dolores que
Dios les dio como misión de
vida. Todos tienen puntos de
comparación con algún aspecto de
la vida de Cristo, pero ninguno
es tan perfecto como el propio
Hijo de Dios lo fue en Su vida
de Hombre-Dios.
De este modo, podemos ver que
las distintas espiritualidades
que los santos nos han enseñado
y nos enseñan (porque santos han
habido siempre y los hay en
nuestro tiempo), son espejos en
los que cada uno de nosotros se
puede buscar.
Es muy importante encontrar cual
es la espiritualidad que mejor
se adapta a los dones que Dios
nos ha dado, a la esencia de
nuestra alma. Y si podemos amar
al santo que representa esa
espiritualidad, tendremos un
punto de apoyo y un mapa que
facilitará nuestro crecimiento
en la fe y el amor.
Ese santo representará la meta
que debemos buscar, como camino
de llegada a Cristo. Pero
también es importante comprender
y respetar la existencia de
otras espiritualidades, otras
formas de santidad que conviven
en armonía en la gracia de Dios.
El Señor se adapta a nosotros,
porque Su Amor es infinito. El
es el amor, y en su inmensa
caridad se amolda a nuestras
necesidades y debilidades.
Porque nuestras fortalezas
(nuestras virtudes naturales)
también acarrean nuestras
debilidades. Si tuviéramos un
balance perfecto entre todas las
virtudes Divinas, seríamos como
Cristo. Pero sólo El puede
lograrlo.
Elige un santo que te
represente, con el que te
sientas especialmente
identificado, y ámalo. Conócelo,
aprende sobre su vida, pídele su
intercesión ante Dios, no te
apartes de el. Dios lo ha
enviado para ayudarte y
socorrerte cuando la tempestad
del mundo te sacuda como una
hoja en el viento. El es tu
ancla, tu brújula y tu vela.
Deja que su viento te lleve a
tierras de paz espiritual y amor
fraterno. Si lo haces bien, te
encontrarás en el Reino con
todas las demás
espiritualidades, con todos los
santos que han llegado a merecer
contemplar la Luz del Rostro de
Dios.







