Una de las antífonas de la
Oración de la Mañana dice:
Sirvamos al Señor en la santidad
y nos salvará de nuestros
enemigos.
No podemos olvidar nunca que
estamos en guerra espiritual. El
enemigo está tratando de
destruirnos y robarnos nuestro
futuro que es el Reino de Dios.
¿Cómo luchar contra él?
Solamente por la santidad de
vida. Cuanto más santos seamos,
más fuertes seremos en Cristo.
Hay una batalla espiritual y por
eso no se puede usar ningún otro
método, sino el espiritual
también. Si luchas una batalla
espiritual con métodos del mundo
la perderás. La razón es que
serás más del mundo y menos del
Reino de Dios.
Puedo luchar contra los enemigos
de Dios con orgullo, pero el
orgullo es la madre de los
pecados. Si yo gano la batalla,
no puedo sentirme orgulloso por
eso, si no consigo ser humilde,
perderé la guerra, por más de
que tratemos de ser santos, por
más de que nuestra vida revele
al Cristo Rey; por más de que el
Reino de Dios gane. El mal nos
incita a que hagamos alguna cosa
para luchar contra Cristo, que
retiremos nuestra mirada de
Cristo, todo esto constituye la
mejor arma que el diablo tiene.
Es peor cuando nuestra atención
se vuelve hacia el diablo como
el centro de nuestra guerra
orgullosa. El Diablo ama esta
situación.
Humillarse ante nuestro Señor,
nuestro Salvador, en la vida y
también en la batalla espiritual
es el arma más poderosa contra
el diablo. La humildad mostrada
al mundo por el Rey es lo que el
diablo quiere que todo el mundo
rechace. La humildad actúa
contra la voluntad del diablo.
Se dice que lo que el Diablo más
odia es ver al pecador que está
rezando; es la lucha espiritual.







